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21 septiembre 2024

Demasiadas interrogantes sobre el automóvil del futuro

 Ahora que el presidente del gobierno ha puesto en la picota una marca concreta de automóviles de lujo en post de un uso generalizado del transporte público, surgen muchas preguntas respecto a la política en este ámbito.

¿Cómo contribuye el automóvil al erario público?

Un tipo de automóvil parecido al citado por el presidente aporta al Estado cerca de 100.000 € en el momento de su venta entre IVA e impuesto de circulación, mientras que otro automóvil, también de lujo, pero eléctrico y el más vendido en España el año pasado, no sólo apenas paga impuestos, sino que recibe una generosa subvención del Estado hasta dónde llegan los fondos destinados a incentivar la venta de vehículos eléctricos. Es, pues, tal el desequilibrio que existe entre lo que contribuyen los ricos que optan por un coche de combustión interna de alta gama y los no menos ricos que compran uno eléctrico que los primeros bien merecerían agradecimiento por su contribución y no el desdén de los responsables de las finanzas públicas. 

¿Están al alcance del ciudadano de clase media los automóviles eléctricos?

Hasta ahora, ciertamente no. En primer lugar, porque quien no tenga una plaza de garaje con instalación eléctrica en la misma mal va a poder cargar la batería. En segundo lugar, porque un eléctrico es el segundo o tercer coche de una persona o familia ya que sigue siendo aventurado lanzarse a un viaje largo con un automóvil eléctrico. Por último, pero no menos importante, porque los eléctricos siguen siendo muy caros.

¿Qué va a pasar con la otrora fuerte industria española, y europea, del automóvil? 

Desde que se inició la ola pro-coche eléctrico, los constructores europeos lo están pasando mal, no sólo por la bajada de sus ventas sino por la indefinición de la regulación que retrae a muchos compradores. Bloomberg estima que las plantas de los cinco mayores fabricantes europeos de automóviles trabajan al 50 % de su capacidad. A este paso, pronto empezarán a cerrar y a dejar gente en el paro mientras aumenta nuestra dependencia económica y política de China, que es de donde proceden la mayoría de los coches eléctricos y sus componentes. En España, los tres pilares de la economía son el turismo, la energía y la industria de automoción, pero este último pilar puede dejar de serlo a no muy largo plazo.

¿Es que no hay alternativa al coche eléctrico para reducir las emisiones?

Años atrás la política de la Unión Europea consistía en exigir una reducción gradual de emisiones a los fabricantes de automóviles, pero sin imponer ni incentivar una tecnología concreta. Esa política demostraba confianza en los especialistas para conseguir reducir las emisiones mediante mejoras en la eficiencia de los motores o en la composición de los carburantes, campos ambos en los que se está demostrando gran potencial de mejora. Esta política europea ha ido endureciéndose hacia la imposición de cero emisiones en cierto plazo, lo cual, además de ser de utópico, significa imponer una tecnología para la que ni nuestros fabricantes ni la sociedad están preparados. Se entiende que reducir hasta eliminar las emisiones es un objetivo político irrenunciable y es evidente que los vehículos actuales consumen mucho menos que los antiguos, pero para eso sería más eficaz empezar por eliminar todos los vehículos más contaminantes e incentivar el desguace de coches antiguos. Esto sería una política más progresista que primar la compra de automóviles eléctrico de lujo y la fórmula más práctica e inmediata para reducir las emisiones.

¿Cómo se van a sustituir los impuestos provenientes de la venta de carburantes?

Si por cada euro de carburante vendido, el Estado recauda alrededor del 50 % en impuestos y se venden miles de millones de litros de carburantes al año, podemos imaginar la contribución del sector de automoción tradicional al erario público, pero es más difícil imaginar cómo podría sustituir Hacienda estos ingresos si el impuesto sobre los kilovatios necesarios para recorrer un kilómetro es mucho menor que el impuesto sobre el carburante equivalente. Y, cuando haya que tratar de reequilibrar este presupuesto, no quedará más remedio que aumentar el impuesto sobre la electricidad, tema harto complejo por tratarse de un producto de primera necesidad.

En conclusión, la sustitución del vehículo de combustión interna nos va a suponer un elevadísimo coste económico, social y político y, por el camino que llevamos, CAOS es el término que mejor define las perspectivas del sector de automoción en Europa.

PEDRO MORALEDA



23 septiembre 2022

¿ACASO NO ES EL MOMENTO DE EXIGIR RESPONSABILIDADES POR LA POLÍTICA ENERGÉTICA RECIENTE?

En las crisis siempre se busca un culpable. En este caso parece que es Rusia, o más bien Putin, el responsable de nuestra crisis energética, de la inflación galopante y de todas las penurias que se nos avecinan, pero cabe la duda de si se hubiera atrevido a invadir Ucrania si no fuera consciente de la enorme dependencia que Europa tiene de sus materias primas, energéticas y otras.

 

En aras de la reducción de emisiones nocivas y desde el principio de la pasada década, la política energética de medio mundo, y especialmente de la Unión Europea, ha criminalizado la exploración y producción de hidrocarburos, ha decretado el cierre anticipado de centrales nucleares y ha estresado el importante sector de la automoción puesto que los fabricantes no saben qué producir, si lo que hoy demanda el mercado o lo que van a ser obligados vender dentro de pocos años. Esta política no ha considerado, sin embargo, qué fuentes de energía, o de movilidad, pudieran estar listas para sustituir a las que ahora suponen más del 80% del suministro global de energía primaria ni ha analizado cómo reducir la alta dependencia de un solo y problemático suministrador.

 

Es evidente que la protección del medio ambiente deviene una prioridad absoluta, y más ahora que los efectos del cambio climático parecen más visibles que nunca, pero ¿por qué el énfasis que se ha puesto en eliminar los hidrocarburos o la energía nuclear no se ha empleado antes para desarrollar otras iniciativas que ya cuentan con importante soporte tecnológico tales como la mejora de la eficiencia energética, la captura del CO2, el hidrógeno, el almacenamiento eficiente de energía, etc.?

 

También es evidente la responsabilidad de Putin en ponernos al borde del precipicio, pero hay que admitir cierta torpeza en la planificación energética porque no se ha tenido en cuenta el potencial de las energías alternativas antes de penalizar las que ahora mantienen en funcionamiento la industria y calientes, o frescos, los hogares. Parece que ha fallado dramáticamente el “timing” o coordinación de los plazos necesarios para transitar de las energías renovables a las energías limpias y sostenibles, quizás por desconocimiento de los líderes políticos del sector energético o por exceso de ideología, pero por falta de pragmatismo en todo caso. 

En resumen, no queramos engañarnos buscando sólo fuera a los responsables de una crisis energética que hace tiempo se veía venir. Pedro Moraleda

09 septiembre 2022

¿POR QUÉ LA POLÉMICA SOBRE UN NUEVO GASODUCTO ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA?


Que un tema tan técnico como la construcción de un gasoducto entre Francia y España, el llamado Midcat, haya atraído la atención de medios de comunicación no especializados quizás haya sido por las posturas tan enfrentadas entre los gobiernos de Francia y España a este respecto.

La necesidad de reforzar las conexiones energéticas entre los Estados Miembros de la Unión Europea es un argumento a favor de la postura española, pero hay otras razones que ponen en duda la necesidad de esta importante inversión.

Cuando, tiempo atrás, se convocó un concurso para reserva de capacidad en este proyecto de gasoducto, este quedó casi desierto por el escaso interés de la industria privada. El Midcat desembocaría en una zona de Francia donde la red de gasoductos es inexistente o está poco desarrollada y donde hay escasos centros de consumo que justificaran su construcción. Además, el gasoducto atravesaría zonas muy sensibles medioambientalmente y exigentes de expropiaciones o derechos de paso muy cotosos.

Si se tomara hoy la decisión de construir el Midcat, éste no estaría operativo antes de 4 o 5 años, plazo suficientemente largo como para encontrar otras soluciones a la crisis energética actual. Y, si se necesitan no menos de 30 años para amortizar la inversión, se entraría en conflicto con la política de la Unión Europea de eliminar el uso de los combustibles fósiles antes de 2050, política a la que ni en estas circunstancias parece que se quiera renunciar. Débil parece, también, el argumento de que se podría utilizar el Midcat para transportar hidrógeno verde en el futuro teniendo en cuenta que ese futuro tampoco es a corto plazo, que el hidrógeno verde conviene que sea generado “in situ” y que los volúmenes de este combustible que eventualmente se podrían transportar no alcanzarían a ocupar más que una pequeña parte de la capacidad de este gasoducto. 

Si el objetivo es que Alemania tenga otra vía de acceso para el gas natural procedente del Mediterráneo, se está olvidando que el principal proveedor de gas en el Mediterráneo, Argelia, ha entrado recientemente en una difícil relación con España y ha optado por suministrar gas a Europa a través de Italia. 

Si lo que pretende el gobierno español es mostrar su solidaridad con Alemania, hay otra forma de hacerlo más inmediata y no exigente de inversiones como es mediante el gas natural licuado, o GNL transportado por mar. España ha liderado en Europa el comercio de GNL, cuenta con tantas plantas de recepción de gas licuado como el resto de Europa y contratos de suministro con más de una docena de fuentes de suministro. Sería posible desviar algunos de los cargamentos de GNL que tenemos contratados hacia plantas europeas mejor conectadas con la red de gasoductos o a las plantas de regasificación flotantes con las que Alemania espera contar a corto plazo, en tanto apuestan definitivamente por el GNL para dejar de depender tanto de un solo proveedor, o se deciden a retrasar temporalmente el cierre de sus centrales nucleares.

Por todo ello, ni se puede obligar a Francia a invertir en un gasoducto que no considera necesario, al menos mientras exista capacidad redundante en los dos gasoductos operativos entre Francia y España, ni a reforzar sus redes en la zona del proyecto del Midcat, ni se deberían arriesgar fondos públicos en inversiones que en su día no fueron bien acogidas por la iniciativa privada.

Lo que queremos, pues, que se nos explique es si reabrir el debate sobre el Midcat no responde solamente un afán de protagonismo internacional del Gobierno de España. Pedro Moraleda


09 abril 2022

¿ACASO PODEMOS PRESCINDIR DE LA ENERGÍA NUCLEAR?

La crisis energética que estamos viviendo no ha empezado con la guerra de Ucrania y va a ser más grave que la crisis del petróleo del principio de los años setenta. 

La carencia y encarecimiento del petróleo, el gas y el carbón habían comenzado ya hace años tras la caída en las inversiones en exploración y producción por la creciente crítica de estos productos por cuestiones medioambientales. 
La guerra de Ucrania y el consiguiente embargo a Rusia recortan aún más la disponibilidad de estos hidrocarburos hasta amenazar con parar a muchas industrias de Europa y el confort, cuando menos, de buena parte de su población. Incluso tras el eventual fin de esta guerra, la confianza y el comercio entre las partes tardará mucho tiempo en recuperarse. 
Las emergentes energías renovables están aún lejos de poder garantizar la seguridad y continuidad del suministro eléctrico y, mucho menos, del calor necesario para la industria y los hogares.
Soluciones puede haberlas, pero difícilmente antes de tres años las más perentorias y frágiles y, al menos, el doble de plazo para soluciones más definitivas. 
En esta situación, lo solución más inmediata podría ser aplazar el cierre de centrales nucleares, centrales cuya generación no depende del sol o del viento ni de suministradores externos de dudosa fiabilidad. De hecho, Alemania está reconsiderando su polémica política energética o “Energiewende”, cuyo detalle más destacable fue el cierre de su gran parque nuclear, poderosa fuente de energía que ahora permitiría a Alemania afrontar con otra actitud el embargo a Rusia. También, países de tanto peso como Francia y el Reino Unido han decidido relanzar sus programas nucleares. 
¿Por qué, entonces, nuestras autoridades se resisten a esta solución y repiten que la energía nuclear no es rentable? 
Quizás sólo nos digan parte de la verdad porque si bien es cierto que nadie se atrevería a invertir ahora en una nueva central nuclear clásica, tampoco nadie consideraría cerrar una central operativa si en España hubiera una mínima garantía o estabilidad regulatoria. 
Aunque la energía hidráulica no es objeto de este escrito, tampoco nuestro gobierno parece partidario de dar más protagonismo a esta alternativa energética autorizando nuevos embalses, a pesar de la constatación de que las temporadas de lluvia están cada vez más concentradas en poco tiempo. 
Al final, habrá que dar la razón un ex director general de Política Energética y Minas que recientemente decía que “La verdadera singularidad de España es la defensa de soluciones demagógicas”.  PEDRO MORALEDA


10 marzo 2022

¿PODREMOS SOBREVIVIR SIN EL GAS Y EL PETRÓLEO RUSOS?

La respuesta inmediata es que sí, pero que no sólo aumentaría, sino que se multiplicaría el precio que tendríamos que pagar por nuestras materias primas energéticas.

España afronta la actual crisis con Rusia como uno de los países europeos con menor dependencia de las materias primas energéticas procedentes de ese país; concretamente, el gas ruso supuso el 9 % de todas nuestras compras de gas en 2021 y su petróleo el 4 % de nuestras importaciones. Estas cifras son bajas si tenemos en cuenta que Rusia es el proveedor global del 19 % del gas y del 12 % del petróleo. 

Tan importante como nuestra baja dependencia de Rusia en estos momentos es que importamos gas de 12 países y petróleo de 19 países. El del petróleo es un mercado muy líquido que facilita la sustitución de proveedores, pero el mercado del gas es algo más complejo: buena parte de la contratación se hace a largo plazo y necesita específicas infraestructuras de recepción como gasoductos o plantas de recepción de gas licuado (GNL), pero España cuenta con dos gasoductos desde Argelia, 7 plantas de recepción de GNL, que son casi tantas como el resto de Europa, y la más larga tradición en la contratación de GNL.

A pesar de esta optimista perspectiva, lo grave es que no podremos evitar tener que pagar mucho más por el gas y el petróleo a la vista de la reducción global de su oferta; así, el crudo de petróleo de referencia, el Brent, ya ha pasado de una media de unos 60 $ el barril en tiempos anteriores a la crisis a 130 $ actualmente, mientas que el gas en el mercado español ha saltado de 17 €/MWh el 8 de marzo de 2021 a 214 €/MWh justo un año después.

¿Qué se podría hacer, pues, en esta tesitura de precios disparados de la energía primaria?

Con efecto a corto plazo, probar con estas medidas que están a nuestro alcance:

En orden de prioridad, podríamos apostar por lo siguiente a corto plazo y a nuestro alcance: 

-Ahorrar, mejorar nuestra eficiencia energética para reducir nuestras compras;

-Impulsar las energías renovables y sistemas/medios para almacenamiento de energía;

-Prolongar la vida de las centrales nucleares como apoyo temporal a las renovables;

-Revisar la estructura de la tarifa eléctrica y, ahora, los derechos de emisión de CO2.

Otras medidas eficaces con efecto a medio y largo plazo, pero que no están sólo a nuestro alcance y que supondrían aparcar momentáneamente la transición energética:

-Apostar por el hidrógeno verde como fuente de energía y medio de almacenamiento;

-Reforzar las conexiones gasistas y eléctricas en toda Europa y con limítrofes; 

-Investigar nuevas tecnologías nucleares: pequeños reactores modulares, fusión...;

-Incorporar al mercado fuentes energéticas ahora marginadas: Irán, Venezuela…;

-Desarrollar nuevos yacimientos gasistas: Mediterráneo oriental, Este de África…

Pedro Moraleda

29 octubre 2021

¿Qué pasa cuando el pragmatismo está ausente en la política?


Frecuentemente oímos que la política está cada vez más alejada de la realidad, pero, mientras que esto no transcienda del debate teórico, a nadie le preocupa en exceso.

Sin embargo, nos enfrentamos ahora a una seria amenaza provocada por el voluntarismo de la política energética en el tema de la crisis climática, voluntarismo con cierta dosis de utopía que nos hace pasar en un momento de la euforia verde a la crisis energética mundial.

Los tres principios básicos de toda política energética han sido seguridad de suministro, energía al alcance de todos y energía sostenible. Este ha sido siempre un triángulo de objetivos muy difícil de equilibrar puesto que el énfasis en cualquiera de ellos perjudicaba a los otros.

Ahora, ante la emergencia climática, el énfasis se ha puesto en la sostenibilidad y la consecuencia inmediata es que la energía no es asequible para todos y la amenaza es que no esté asegurada la continuidad en el suministro.

La gran mayoría de los análisis climáticos coinciden en la necesidad de dejar de emitir inmediatamente los gases de efecto invernadero que genera la combustión de energías fósiles y, a los organismos políticos decisorios, no les ha costado adelantar los plazos límite para el uso del carbón, petróleo y gas, para la venta de vehículos de combustión interna o aumentar los objetivos de plantas de generación con energías renovables.

Sin embargo, estas políticas han olvidado la necesaria gradualidad para un cambio tan radical en el sistema energético. Y no es que el cambio no sea urgente, pero la realidad está demostrando que todavía no tenemos alternativas para sustituir las energías tradicionales y que no podemos confiar ciegamente en tecnologías no suficientemente probadas; y, en este contexto, se están haciendo políticas que no tienen en cuenta la demanda real de energía.

Nos encontramos pues ante le enorme dificultad de reequilibrar ese triángulo de objetivos de política energética sin quitar protagonismo a la sostenibilidad entendida esta, principal pero no exclusivamente, como energía sin emisiones contaminantes y, ante este reto, sólo hay un camino: concienciar a la ciudadanía de que la transición energética no es ni sencilla ni barata y fomentar la eficiencia y ahorro de energía centrándonos en las medidas que efectivamente contribuyan a ello. Pedro Moraleda



18 octubre 2021

¿Por qué sorprende la crisis energética?

¿Acaso no es obvio que estamos planificando o gestionando mal la transición hacia una economía libre de emisiones contaminantes?

El objetivo no es que sea loable, sino absolutamente necesario, pero los tiempos no los marcan solamente las decisiones políticas ya que la disponibilidad de tecnologías adecuadas y la preparación de la sociedad también condicionan la transición energética.

De poco vale poner fecha límite al uso de combustibles fósiles mientras no haya alternativas, porque las fuentes de energía renovables no serán alternativas válidas hasta que no se pueda almacenar la energía eléctrica en cantidades suficientes para asegurar el confort de las personas y el funcionamiento de la economía. 

Los combustibles fósiles satisfacen hoy día más del 80 % de nuestras necesidades energéticas, pero la reducción de esta oferta va a ser más rápida de lo deseable si se amenaza con prohibir el uso del gas a corto plazo, o la venta de vehículos de combustión interna, o aumentan las dificultades para financiar proyectos de exploración y comercialización de hidrocarburos. El objetivo, por ahora no conseguido, es el de acompasar la reducción del uso de combustibles fósiles con la incorporación de fuentes sustitutivas a la matriz energética.

El reequilibrio entre la oferta y la demanda de energía se está fiando a que se puedan gestionar las fuentes energéticas intermitentes como son la eólica, la solar o incluso la hidráulica. Pero, como esto no parece que se vaya a conseguir a muy corto plazo, preparémonos para unos años de energía cara, cuando no de falta de energía. Y para agravar este problema, en países de nuestro entorno se están cerrando centrales nucleares que aportan parte significativa del suministro eléctrico, sin interrupciones, sin emisiones y sin dependencia de la volatilidad de los precios de la energía.

En cuanto a la falta de preparación de la sociedad, quizás sea porque ningún político se ha atrevido a explicar que la transición hacia un futuro energético más limpio y fiable no es gratis, que la transición es cara y que debemos reconsiderar nuestros hábitos de consumo. 

La mejor fuente de energía es la energía que no usamos; la que ahorramos con un buen aislamiento térmico, no usando el coche para trayectos cortos o en ciudad, utilizando electrodomésticos en horas de baja demanda eléctrica, etc. Y esa concienciación no se alcanza sólo con información, sino que puede ser necesaria una política de precios desmotivadora del despilfarro de energía.

Concluiría diciendo que, si grave es el drástico incremento de precios de la energía o la amenaza de su escasez, más grave puede ser que la reacción popular ante esta situación paralizara las necesarias iniciativas políticas para el cambio de modelo energético. Pedro Moraleda


14 junio 2021

¿ACASO PUEDE SER AHORA LA ELECTRICIDAD MÁS BARATA?


La reciente modificación de las tarifas eléctricas vuelve a disparar el debate sobre el precio de la electricidad, pero la realidad se impone de nuevo a la demagogia.

El mundo está iniciando la transformación histórica: de un modelo económico movido por energías fósiles (carbón, derivados del petróleo y gas), hacia otro modelo cuyo motor todavía no tenemos claro cuál será. Y, en tanto no haya un salto cualitativo en baterías eléctricas o no se produzca hidrógeno a escala industrial y pueda manejarse sin riesgo o no se domine la fusión nuclear, no hay alternativa barata a las muy eficientes energías fósiles. 

Pero no se puede esperar más para llevar a cabo esta transición, aunque el cambio de modelo energético tenga costes: por un parte el de las emisiones de carbono que, aplicando el principio de que quien contamina paga, está encareciendo el uso de las energías fósiles; por otra, el coste de los sistemas complementarios para las energías renovables que no dependen de nuestra voluntad sino del viento, el sol o la lluvia.

De momento, una forma de aminorar el coste de la transición es utilizar inteligentemente la energía; esto significa ahorrar lo que sea posible aceptando que un precio alto es el mejor incentivo para el ahorro y, en el caso de energías no acumulables como la electricidad, ajustar el consumo a los momentos de menor demanda.

En resumen, que no parece coherente exigir ahora electricidad barata si lo que queremos es eliminar rápidamente de nuestra matriz energética las fuentes de energía contaminantes, a la par que finitas. 

PM/15.06.21