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26 diciembre 2021

MIEDO y SOCIEDAD ¿A QUIEN BENEFICIA EL MIEDO?

 Lo que estamos viendo y viviendo desde el comienzo de la pandemia invita a reflexionar sobre el miedo y su manipulación e impacto en nuestra sociedad.

En términos evolutivos el miedo es una repuesta conservada, útil porque ayuda a tomar decisiones balanceadas entre el riesgo inconsciente y excesivo y la inoperancia temerosa. Pero parece que parte de la sociedad actual gusta de magnificar en exceso e irracionalmente ciertos riesgos; la consecuencia es la aparición de fobias, el aislamiento social y los comportamientos paranoicos. Un ejemplo investigado en los últimos años es la llamada tocofobia, el miedo al embarazo y al parto e incluso a potenciales e infundadas amenazas genéticas en el feto en madres primerizas y no primerizas.
Si introducimos en Google las palabras anti vacunas o similar aparecen más de 27 millones de referencias. Si usamos el equivalente inglés (“anti vax”) el resultado es más de 65 millones de entradas. Sitios que contienen informaciones probadamente incorrectas, maliciosas y dañinas para la sociedad son mantenidos en nombre de la libertad de expresión y de la información balanceada. ¿Estamos preparados para entender y discriminar esa montaña de información tan al alcance de un golpe de tecla?
Un estudio reciente (Papakyriakopoulos y col. 2020) concluye que si bien las “fake-news” y las teorías de la conspiración se generan en medios alternativos (twits, muros de Facebook, webs de organizaciones desconocidas,…) son los medios de gran alcance, desde la televisión hasta Google, considerados mucho más veraces que los otros, los que alimentan las llamas del incendio porque incluso cuándo intentan combatir el error y el fanatismo, los diseminan más rápida y eficazmente. 
Al final, lo que queda en la mente de muchos individuos es la sensación de “algo habrá cuando tanta gente lo repite”. Nada ayuda el machaqueo constante de cifras y opiniones de expertos, unos reales y otros entrecomillas al que estamos sometidos. Unos se vuelven más temerarios y otros más temerosos.
¿Es alimentar el miedo el gran negocio de los medios? En el fondo ¿nos gusta pasar miedo? Marco A. Delgado


NO EN MI GUARDIA

Para Matthew Flinders, Universidad de Sheffield, lo más sorprendente de esta crisis ha sido descubrir la incapacidad social para a) aceptar que estamos ante una amenaza real y común y b) la incapacidad o la falta de deseo para buscar una respuesta balanceada y solidaria. Es decir, unos creen que el coronavirus es problema de los viejos pero no de los jóvenes, otros creen que la mayoría de los recursos públicos deben dedicarse a combatir el coronavirus en detrimento del resto de enfermedades, con indignación de los que se ven afectados por la falta de asistencia sanitaria pública real, unos miran con preocupación el coste económico de los cierres y el desempleo y otros han mirado con alborozo (quizás ya no tanto) la llegada del teletrabajo, sin calibrar las consecuencias futuras. No queremos aceptar que no hay soluciones perfectas pero cada uno sí queremos la que nos viene mejor (en cada momento).

Nada ayuda que el coronavirus sea un problema global porque cada Estado ha reaccionado según su visión sobre la propia capacidad, su modelo político-social, enemistades o amistades históricas y ambiciones y circunstancias del momento, así vemos como unas veces prohíben a otros y otras veces son prohibidos por los otros. O como las vacunas son usadas como trueque para introducirse en los recursos y los gobiernos de los países más pobres.

En España, además, tenemos una estrategia central muy débil y unas estrategias regionales diversas, tan diversas que lo que es legal en algunas es ilegal en otras. 

Siempre nos encontramos un denominador común, la famosa actitud “No durante mi guardia”. Es lógico que nadie se quiera equivocar, pero es ilógico no asumir que no hay decisiones óptimas y cien por cien populares. Tan irracionales son la inoperancia y el dejarlo todo a la voluntad individual como imponer medidas draconianas y además de eficacia no demostrada (aunque aquí siempre hay un “experto” a mano), que acaban produciendo peligrosas rebeldías o miedos paranoicos y en cualquier caso el desprestigio del que las impone.

Centrándonos en dos modelos aparentemente opuestos, ¿dónde nos sentiríamos más seguros? ¿en los US de Biden o en la China de Jinping? Marco A. Delgado